domingo, 12 de junio de 2011

No se nos puede oír desde la tierra

Estábamos sentados en el meridiano de Greenwich, dejando colgar los pies, observando el trayecto de los pájaros migratorios y riéndonos de la vida mundana, comprendiendo la realidad.
 -Tú y yo somos inmortales- Susurré para mi misma.
- Así es pequeña, tu eternidad es mía, somos dioses invencibles, todo lo que abarca nuestra mirada es nuestro. Somos seres divinos, condenados a la exclusión. No se nos puede oír desde la tierra...- Dijiste, pero yo no quería oír más, todo esto me venía demasiado grande, siempre había pensado que vivía para morir, y no para vivir.
-No quiero oír más, no se que haces en mi vida, no se como has aparecido en ella, como entraste, como te has diablos te he dejado quedarte en ella, no se que nos une, no se que nos separa, somos demasiado difíciles, demasiado complicados para entenderlo, demasiado extraños para tener algo, pero demasiado excepcionales para no tenerlo...
-Oh, tu vida siempre ha sido tuya, estoy aquí porque tú me dejas estarlo.
-¡Mentira!-lloriquee- No te he regalado nada, me lo has robado, has jugado conmigo, me has alterado, enamorado, ofuscado, destrozado, desordenado, me lo has robado todo, todo mi ser, todo mi cuerpo, mi alma, mi vida...
-¿Quieres que me vaya?
-¿Quieres tú irte? - Le dije mirándole a los ojos, dándole a entender realmente todo lo que sentía, y tuvo miedo por mi, era demasiado inestable.
-No podría vivir sin tu presencia, soy dependiente de ti, y viceversa. Pero si quieres que me vaya, me iré solo por hacerte feliz, si es lo que realmente deseas.
Te pegué, te escupí, te insulté, te maldije, te grité, te mordí, te besé e hicimos de nuevo el amor en la luna, iluminando al mundo entero con el reflejo de nuestro amor y fundiéndonos en uno solo, comprendiendo que esto sería así durante toda la eternidad.





Amor de mis entrañas, viva muerte,
en vano espero tu palabra escrita
y pienso, con la flor que se marchita,
que si vivo sin mí quiero perderte.
El aire es inmortal. La piedra inerte
ni conoce la sombra ni la evita.
Corazón interior no necesita
la miel helada que la luna vierte.
Pero yo te sufrí. Rasgué mis venas,
tigre y paloma, sobre tu cintura
en duelo de mordiscos y azucenas.
Llena pues de palabras mi locura
o déjame vivir en mi serena
noche del alma para siempre oscura.











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