-¿Qué hago yo aquí? ¿Cuánto tiempo estoy perdiendo
ocultándolo?... Me pregunté a mi misma.
Desde luego que ese lugar no era el más indicado para
hacerse dichas cuestiones, pero yo jamás logré controlar mis pensamientos.
Sentada entre Frederich Bastercoun, un viejo gordo adinerado burgués que amaba
a su bigote más de lo que a su mujer, y Josep Roderich, que colocaba muy
distinguida y disimuladamente su peluquín y que a mi personalmente me parecía
una cagarruta seca de camello. A sus respectivos lados se situaban Claires
Monamun y Estela Flicherman vestidas ambas en sus trajes floridos que me
recordaban a los de la tía Petunia, radiantes y perfectas para la ocasión.
Yacía en el suelo un caniche francés llamado Zeus. Que el nombre no os
confunda, era un cobarde, como sus amos.
A mi pituitaria le llegaban aromas oscuros, provenientes de cafés
aguados que se preparaban concienzudamente en la cocina, para que su sabor
fuese, en lo posible, amargo y desagradable. Arrugué la nariz y un escalofrió
recorrió mi cuerpo como si Shen Nung estuviese susurrando a mi oreja: “Nora,
eso es un homicidio, un homicidio al paladar”. Incluso teniendo ese peculiar y
gracioso sonido que hacen los Orientales cuando hablan nuestro idioma, se me
ponían los pelos de punta. En este mundo, en el que la apariencia lo es todo,
sabía que estaba a punto de sentenciar mi propia muerte. Así que me levante, y
dije:
-Disculpad un momento, por favor.
Los hombres, como de costumbre, ni se percataron, levantándose a
duras penas al mismo tiempo que yo e inclinaron muy bruscamente su espalda,
haciendo una especie de reverencia, lo que hizo que uno de los botones de
Frederich Bastercoun saliese disparado debido a la presión que su rollizo
cuerpo ejercía sobre el esmoquin que valía medio continente de África, mientras
que el peluquín de Josep Roderich se precipito espesamente contra la sopa de
pollo.
-¡Oh! ¡Querido!...- Exclamaron ambas mujeres, dirigiéndome una
mirada de puro desdén y resignación. Pero para entonces, yo ya me dirigía hacia
la cocina con ímpetu. Dejando atrás ostentosidades y parafernalias florales y
con bordados, mientras una suave risita salía de mi boca ante tal espectáculo.
-No es que me agraden las cosas que están de más, lo que no me
gusta es la decoración de la insustancialidad y la vulgaridad. El ave fénix no
puede renacer del polvo, aun que si de las cenizas.- Cavilé absorta en mis
pensamientos.
Pequeñas notas
del 5ª sinfonía de Beethoven danzaban y flotaban por el aire, rebotaban y
volvían a sonar. Era la melodía idónea para la ocasión.
En la cocina, un morenazo llamado Ausias hacia lo que podía por
cargar aún más el café. Me acerqué a él y saqué de mi bolso el Cha Sing, el
Arte Clásico del té y lo deposité sobre la mesa. Se giro instantáneamente, sus
rasgos bruscos, parecidos a los de un indio se endulzaron. Su mano se posó
sobre mi cintura y sus labios bailaron con los míos por milésimas alargadas de
segundo. Lo suficiente para descubrirle.
-Umh, ¡Oolong! Con suaves matices de vainilla y caramelo…- Y volví
a su boca buscando más.
La hija del hombre más rico del País con el cocinero
de uno de los clientes de papa. Nuestro secreto era sucio, pero más sucio era
el petróleo que sacaba a la fuerza. Lo que no sabían de papa es que lo que no
se pasaba trabajando o comiendo, lo pasaba llorando a escondidas. Era un
infeliz.
–No es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita. – Le
solía decir mi madre. Qué murió años atrás cuando la Gripe Española destruyó
todo lo que nos era amado. Desde entonces mi padre vive como un alama en pena, buscando
rellenar ese espacio vació de infinita necesidad con bienes materiales.
Desde que faltó ella, el té fue prohibido de toda la ciudad
gracias a grandes sumas de dinero que mi padre pagaba al estado. Detestaba el
olor. Era la fragancia por excelencia de Susana, mi madre.
Así que era tratado con una droga, prohibida y perseguida sin
razón alguna.
Volví a su boca a por más, mientras que rebuscaba un
pequeño paquetito negro.
-¿Me quieres?- Le pregunté juguetona mientras pasaba el pequeño
paquetito por su nariz. Una mezcla de saborizantes de hierbas, especies y
frutas orientales sobre una base de Pu-erh. Su favorito.
Con una dejadez picarona me arrebató la bolsita y me susurró: Te
amo.
Preparamos unas tacitas cuidadosamente. Susurrábamos a escondidas,
releyendo el Cha Sing por quíntuple vez y deleitándonos en los placeres
prohibidos y milenarios del té. Dejé caer unas cucharaditas de azúcar con sabor
a vainilla, de granos gordos y removí con una cucharita silenciosamente.
Cogimos las tacitas, nos las llevamos a los labios, soplamos y
aspiramos buscando separar las diferentes trazas sabor.
Nos miramos a los ojos y sorbimos. Y todo explotó. Quizás fuese por lo prohibido, o quizás por su naturaleza
innata.
Quisimos, ansiamos y deseamos aprehender innumerables
aspectos ocultos del té, como auténticos drogadictos. Estábamos completamente
colocados y enganchados. Notábamos los
siglos recorrer nuestras arterias, cada vena, cada capilar de nuestro cuerpo se
retorcía exuberantemente ante un nuevo sorbo de esa delicia líquida. La máxima
introspección en el vacío nacía con nuevos recuerdos antes ya vividos. Éramos
pensamiento. Éramos conocimiento. Éramos materia.
¿Habéis escuchado alguna vez mencionar a alguien que
todo va bien hasta que viene alguien y lo jode? Pues ahí estaban. Mi padre con
su esmoquin raído con la cara descolocada en una mueca indescriptible rodeado
por esas dos modelos perfectas (que se asemejaban más a intentos de pelanduscas de lujo) y el calvo de su cliente. En esos momentos me parecían caricaturas
de un pensamiento incontrolado, máscaras de mis relativas realidades, conjunto
de deseos u contradicciones. Mi pensamiento fragmentado e interdependiente. Una
burda realidad que se quebrantó cuando mi padre cayó de bruces y rompió a
llorar.
Le aproxime una taza de té rojo entre el ruido sordo de llantos y
exclamaciones frustradas, y sorbió de un trago, como si de un chupito se
tratase, buscando aliviar el alma.
-Susana…- Susurró repetidamente. - ¿Dónde estás? ¿Por qué me
dejaste?
No sabemos muy bien lo que ocurrió en este instante,
mi padre pareció tener una visión onírica de ella porque empezó a reír. Una
risa que se oyó hasta en la esquina de la calle Blasco Ibáñez, de auténtica
felicidad, esa que escuchas y acto seguido comienzas a sonreír débilmente como
un gesto automático de empatía. Le saltaban las lágrimas de los ojos, su pecho
se agitaba y rejuvenecía en cuestión de latidos por segundo.
Y en ese momento comprendí que la auténtica felicidad
estaba en las cosas pequeñas: como buscar un sabor en un beso, vivir soñando,
sorber té o incluso comer chocolate a escondidas esperando a no ser encontrado.
Habíamos renacido de trazas de flores y hierbas, y como dijo el
noruego Edvard Munch: “De mi cuerpo
podrido, flores crecerán y yo estaré en ellas y eso es eternidad”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario