martes, 25 de diciembre de 2012

Y seré eterno


-¿Qué hago yo aquí? ¿Cuánto tiempo estoy perdiendo ocultándolo?... Me pregunté a mi misma.
Desde luego que ese lugar no era el más indicado para hacerse dichas cuestiones, pero yo jamás logré controlar mis pensamientos. Sentada entre Frederich Bastercoun, un viejo gordo adinerado burgués que amaba a su bigote más de lo que a su mujer, y Josep Roderich, que colocaba muy distinguida y disimuladamente su peluquín y que a mi personalmente me parecía una cagarruta seca de camello. A sus respectivos lados se situaban Claires Monamun y Estela Flicherman vestidas ambas en sus trajes floridos que me recordaban a los de la tía Petunia, radiantes y perfectas para la ocasión. Yacía en el suelo un caniche francés llamado Zeus. Que el nombre no os confunda, era un cobarde, como sus amos.
A mi pituitaria le llegaban aromas oscuros, provenientes de cafés aguados que se preparaban concienzudamente en la cocina, para que su sabor fuese, en lo posible, amargo y desagradable. Arrugué la nariz y un escalofrió recorrió mi cuerpo como si Shen Nung estuviese susurrando a mi oreja: “Nora, eso es un homicidio, un homicidio al paladar”. Incluso teniendo ese peculiar y gracioso sonido que hacen los Orientales cuando hablan nuestro idioma, se me ponían los pelos de punta. En este mundo, en el que la apariencia lo es todo, sabía que estaba a punto de sentenciar mi propia muerte. Así que me levante, y dije:
-Disculpad un momento, por favor.
Los hombres, como de costumbre, ni se percataron, levantándose a duras penas al mismo tiempo que yo e inclinaron muy bruscamente su espalda, haciendo una especie de reverencia, lo que hizo que uno de los botones de Frederich Bastercoun saliese disparado debido a la presión que su rollizo cuerpo ejercía sobre el esmoquin que valía medio continente de África, mientras que el peluquín de Josep Roderich se precipito espesamente contra la sopa de pollo.
-¡Oh! ¡Querido!...- Exclamaron ambas mujeres, dirigiéndome una mirada de puro desdén y resignación. Pero para entonces, yo ya me dirigía hacia la cocina con ímpetu. Dejando atrás ostentosidades y parafernalias florales y con bordados, mientras una suave risita salía de mi boca ante tal espectáculo.
-No es que me agraden las cosas que están de más, lo que no me gusta es la decoración de la insustancialidad y la vulgaridad. El ave fénix no puede renacer del polvo, aun que si de las cenizas.- Cavilé absorta en mis pensamientos.
            Pequeñas notas del 5ª sinfonía de Beethoven danzaban y flotaban por el aire, rebotaban y volvían a sonar. Era la melodía idónea para la ocasión.
En la cocina, un morenazo llamado Ausias hacia lo que podía por cargar aún más el café. Me acerqué a él y saqué de mi bolso el Cha Sing, el Arte Clásico del té y lo deposité sobre la mesa. Se giro instantáneamente, sus rasgos bruscos, parecidos a los de un indio se endulzaron. Su mano se posó sobre mi cintura y sus labios bailaron con los míos por milésimas alargadas de segundo. Lo suficiente para descubrirle.
-Umh, ¡Oolong! Con suaves matices de vainilla y caramelo…- Y volví a su boca buscando más.
La hija del hombre más rico del País con el cocinero de uno de los clientes de papa. Nuestro secreto era sucio, pero más sucio era el petróleo que sacaba a la fuerza. Lo que no sabían de papa es que lo que no se pasaba trabajando o comiendo, lo pasaba llorando a escondidas. Era un infeliz.
–No es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita. – Le solía decir mi madre. Qué murió años atrás cuando la Gripe Española destruyó todo lo que nos era amado. Desde entonces mi padre vive como un alama en pena, buscando rellenar ese espacio vació de infinita necesidad con bienes materiales.
Desde que faltó ella, el té fue prohibido de toda la ciudad gracias a grandes sumas de dinero que mi padre pagaba al estado. Detestaba el olor. Era la fragancia por excelencia de Susana, mi madre.
Así que era tratado con una droga, prohibida y perseguida sin razón alguna.
Volví a su boca a por más, mientras que rebuscaba un pequeño paquetito negro.
-¿Me quieres?- Le pregunté juguetona mientras pasaba el pequeño paquetito por su nariz. Una mezcla de saborizantes de hierbas, especies y frutas orientales sobre una base de Pu-erh. Su favorito.
Con una dejadez picarona me arrebató la bolsita y me susurró: Te amo.
Preparamos unas tacitas cuidadosamente. Susurrábamos a escondidas, releyendo el Cha Sing por quíntuple vez y deleitándonos en los placeres prohibidos y milenarios del té. Dejé caer unas cucharaditas de azúcar con sabor a vainilla, de granos gordos y removí con una cucharita silenciosamente.
Cogimos las tacitas, nos las llevamos a los labios, soplamos y aspiramos buscando separar las diferentes trazas sabor.
Nos miramos a los ojos y sorbimos. Y todo explotó. Quizás fuese por lo prohibido, o quizás por su naturaleza innata.
Quisimos, ansiamos y deseamos aprehender innumerables aspectos ocultos del té, como auténticos drogadictos. Estábamos completamente colocados  y enganchados. Notábamos los siglos recorrer nuestras arterias, cada vena, cada capilar de nuestro cuerpo se retorcía exuberantemente ante un nuevo sorbo de esa delicia líquida. La máxima introspección en el vacío nacía con nuevos recuerdos antes ya vividos. Éramos pensamiento. Éramos conocimiento. Éramos materia.

¿Habéis escuchado alguna vez mencionar a alguien que todo va bien hasta que viene alguien y lo jode? Pues ahí estaban. Mi padre con su esmoquin raído con la cara descolocada en una mueca indescriptible rodeado por esas dos modelos perfectas (que se asemejaban más a intentos de pelanduscas de lujo) y el calvo de su cliente. En esos momentos me parecían caricaturas de un pensamiento incontrolado, máscaras de mis relativas realidades, conjunto de deseos u contradicciones. Mi pensamiento fragmentado e interdependiente. Una burda realidad que se quebrantó cuando mi padre cayó de bruces y rompió a llorar.
Le aproxime una taza de té rojo entre el ruido sordo de llantos y exclamaciones frustradas, y sorbió de un trago, como si de un chupito se tratase, buscando aliviar el alma.
-Susana…- Susurró repetidamente. - ¿Dónde estás? ¿Por qué me dejaste?
No sabemos muy bien lo que ocurrió en este instante, mi padre pareció tener una visión onírica de ella porque empezó a reír. Una risa que se oyó hasta en la esquina de la calle Blasco Ibáñez, de auténtica felicidad, esa que escuchas y acto seguido comienzas a sonreír débilmente como un gesto automático de empatía. Le saltaban las lágrimas de los ojos, su pecho se agitaba y rejuvenecía en cuestión de latidos por segundo.
Y en ese momento comprendí que la auténtica felicidad estaba en las cosas pequeñas: como buscar un sabor en un beso, vivir soñando, sorber té o incluso comer chocolate a escondidas esperando a no ser encontrado.
Habíamos renacido de trazas de flores y hierbas, y como dijo el noruego Edvard Munch: “De mi cuerpo podrido, flores crecerán y yo estaré en ellas y eso es eternidad”.