Estaba tumbada sobre una gran escarcha de hielo, un bloque en mitad de una montaña, una fina lámina delgada formada sobre la pinocha que el otoño había dejado atrás, capaz solo de soportar mi peso y poco más. Tumbada sobre mi desastrosa vida.
-Hola pequeña.
Solo con mirarte ya sabías lo que estaba deseando, tanto como yo. Pero sabes tan bien como yo lo que pasará cuando intentes entrar en mi espacio vital. El soporte se resquebrajará y comenzaré a caer al inóspito vacío.
-Pero yo puedo sujetarte, seré tu soporte.
-¿Para siempre?
Sin apenas dudarlo dijiste "Siempre" y alargaste tu mano. Me la tendiste, esperando que saltase en cualquier momento, dejando todo atrás, queriendo que nunca me separase de ti.
Alargué mi mano, tomé la tuya y pegaría un salto rompiendo el hielo, la base de mi antigua vida, para cogerme en tus brazos y empezar una nueva. Me senté sobre ti, la luna rielaba en el Pantano del Regajo, al que siempre solía ir de pequeña, y que ahora estaba tomando un significado totalmente diferente, se reflejaba en tus ojos, en mi pelo. Me sentía tuya, tu posesión y tu me mirabas como tu mayor tesoro directamente a los ojos, con una mezcla paternal, de admiración y de deseo. Me cogías de las caderas y me sentabas con las piernas abiertas sobre ti, haciendo que te rodeara, que te besara, que te comiese con la mirada, que sintiese tus latidos ajetreados bajo tu cálida piel. Y me apretabas contra ti, sintiéndote mio, dándote todo mi ser, toda mi alma, todas mis lágrimas. Y nos quedamos unidos, como las figuras del Yin y el Yan, totalmente pegados, fundidos en un abrazo, para siempre jamás.
-Eres mía, solo mía.

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