sábado, 29 de enero de 2011

Lloró hasta el fin de su vida. Lloró hasta el atardecer de los días.

Arrastraba los pies por el paseo marítimo. El viento frío revolvió el cabello color ocre dejando entrever sus pequeñas orejas adornadas de plata y amatista.
Sus ojos verde-mar cristalizados quizás por el frío, quizás por su tristeza… Lo único que buscaba era escapar de sus recuerdos, que le solían abatir constantemente y en su inagotable e incorpórea lucha por olvidar el laso trasiego de su vida, buscar la muerte.
Había perdido el sentido de la vida, andaba asolada por un mar de dudas. Los constantes denuedos con sus correspondidas perfidias la habían conseguido derrumbar.
-¿Qué hago ahora? ¿Dónde me escondo?
Era débil y sus piernas flaqueaban de aguantar estoicamente su vida sobre sus hombros. Estaba cansada, esta vez no iba a huir.
Y lloró. Lloró hasta el fin de su vida. Lloró hasta el atardecer de los días. Cada día moría un poquito más que el anterior. Cada gota que rozaba de sus suaves mejillas era un recuerdo olvidado que afloraba al presente.
Y lloró y lloró, mientras el mundo se ahogaba en sus lágrimas, pero a ella no le importaba.
Crisis, hambrunas, inundaciones, desbordamientos…
El cúmulo de los días ahora rebosante en uno solo, y en medio del gentío gritando para no morir con una supuesta razón de existencia, encontró la verdadera paz, ahí estaba, un ente blanco y purificante. Ella había nacido para esto, ella había nacido para morir. 

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