domingo, 26 de febrero de 2012

Asesinato de una suicida.

El cielo se cae sobre mi, no tengo a donde ir.
El sabor ferroso fluye libremente en mi boca. El ruido sordo amenaza como un panal de abejas enfurecidas a mis oídos y una fina y borrosa capa se interpone entre mis retículas.
Odio.
Los músculos agarrotados me dicen: Descansa pequeña, vas a fallar, no lo intentes.
Mi mente me dice:... No me dice nada.
El cielo se cae sobre mi, no tengo a donde ir.
Es sorprendente lo rápido que puede cambiarlo todo un solo acto, como las direcciones que creías tomadas caen al suelo y se desmoronan, como todo lo que tenía sentido deja de tenerlo.
¿Quién soy yo?
¿Quién? Es solo una función relativa de la función qué.
Soy teoría, soy conocimiento, soy materia, soy pensamiento.
El cielo se cae sobre mi, no tengo a donde ir.
Llueve. Estoy tan sola, tan sola, tan sola, tan sola....
Destrucción.
Es lo único por lo que puedo seguir viviendo, lo único que puedo llegar a hacer.
Autodestruirme o destruir el mundo.
Creo que ni el tiempo eligió por mi. Elegí ambas. O simplemente no elegí.
Y ahora me encuentro al lado del cuerpo que yace aún caliente sin vida, con los ojos reflectantes dibujando un cielo distorsionado. ¿Quien era? Pensamiento, supongo. ¿Qué he hecho? Elegir por alguien, cuando ni siquiera había elegido yo.
¿El porqué? Simple. Auto odio.

El cielo se cae sobre mi, no tengo a donde ir.




Entre a través del cosmos en movimiento, el tiempo es relativo y cada palabra pertenece al viento...