Y entonces los sentí. Sentí el dolor antes provocado. Sentí la angustia y la agonía de lo efectuado. La empatía había topado de lleno conmigo y fue como si la efímera virginidad que se arrebata de cuajo con un alarido me hubiese rasgado. Como cuando tus seres queridos se despiden esperando no volver a verte con una compleja mueca de decepción difícil de fingir o cuando en tus intentos por discernir realidad de ficción la soledad se apoderase de ti, cuando ves que al final del túnel no hay salida, no hay luz, solo hay una absorbente oscuridad.
Así me sentí yo cuando te conocí. Cuando entraste en mi vida, la desordenaste y revolviste, y luego te fuiste sin dar explicación alguna.